Dudas que no resuelve la política: el sentido de la vida.

El olivo de la vida

Dudas que no resuelve la política: el sentido de la vida.

Recomiendo vivamente leer el libro que Paul Bohannan y Mark Glazer escribieron sobre lecturas de Antropología pues su lectura pausada permite la comprensión de múltiples y actuales problemas que pareciendo propios de nuestra era o del capitalismo salvaje no son mas que viejas cuestiones sobre la vida que siempre preocuparon a distintas sociedades y que éstas las resolvieron como pudieron, en general bien pues llegaron hasta nuestros días de uno u otro modo.

Fué este libro uno de los muchos que leí buscándole un sentido a la vida mas allá de la política que tanto antes, en mi juventud, como ahora, parece absorber todos los recursos intelectuales y culturales en nuestro país. En este contexto confieso que además del bienestar de mis congéneres y del mio propio, siempre me preocupó la creencia en el más allá y la existencia de un demiurgo y ordenador de todas las cosas, cuestión de carácter. Mi primer encontronazo con estas preguntas se produjo a la edad de trece años, cursaba 3º del antiguo bachillerato y era mi primer curso de filosofía. Pensando en que todo fue creado de la Nada por un Ser Supremo, estudié en un colegio religioso, me atormentaba la idea de saber con certeza que la Nada nunca existió porque ya existía el Uno, así es que la creación solo podría haberse producido en el seno del Uno que era lo que existía. Pero es que además, lo que existía mas allá del Uno sumado a éste daban dos. Así es que sumando sumando llegué a la conclusión de que el número mágico es el Tres y no el Uno, que la Nada nunca existió y que el Uno, por tanto, estaba formado por todo lo que existía, todo lo que no existía y la suma de los dos, o sea tres. Además este tres incluía todo lo que existía, había existido y existiría. Esto introducía una nueva dimensión, una nueva cualidad: el tiempo.
Otra de las preguntas que me hacía en aquellos tiempos era si realmente existía un más allá, es decir si tras la muerte, el hecho fundamental que nos hace preguntarnos por un más allá, existía algo y si, de un modo o de otro, nosotros estaríamos allí. Llegué a la conclusión de que si no muriéramos, de no acabarse la vida, no nos preguntaríamos esta cuestión. Es decir los que creían en este más allá, sin prueba alguna, desde mi joven opinión, lo hacían por una cuestión de interés. El interés primordial que observé en los creyentes era que la existencia de este mas allá ( le sumaban una vida de paz y tranquilidad en él si cumplían una serie de requisitos) les recompensaba de una vida de esfuerzo y en muchos casos de sufrimiento que debia tener alguna recompensa, si no para qué sufrir o esforzarse. Además su creencia en el mas allá la acompañaban de un demiurgo, un organizador, un responsable, en definitiva, de todo cuanto acontecía, había acontecido o iba a acontecer.

Otros creyentes están convencidos de que este Ser les había elegido como pueblo para expandirse por todos los continentes y dar fe de su existencia y por ello les recompensaba con un pedazo de Tierra. Había, también en esta materia alguna contradicción: ¿para qué les dio ese trozo si lo que esperaba de ellos es que se repartieran por toda la Tierra?, pero era esta una contradicción menor.

Entre unos y otros habían resuelto, también, muchas de las dudas y sobre todo preocupaciones que a mí me parecían naturales, sin embargo sus respuestas no me sirvieron ni resultaron suficientes para las preguntas que me hacia sobre el mas allá y sobre todo el más acá. Así, tanto si existía, como si no, ese Ser, me martirizaba la idea de que con la muerte se acababa todo y no quería darme una respuesta sencilla o tranquilizadora. ¿Qué sentido tendría la vida si después de un número finito de días, más o menos corto según los casos, todo quedaba en nada, en polvo, en tristes recuerdos en la mente de los que quedaban?. ¿Por qué deberíamos comportarnos de un modo u otro con los demás o con nosotros mismos?. ¿Por qué…

Y en esto llegaron las matemáticas, las probabilidades, y me sirvieron para aclarar muchas cosas sin tener que recurrir a la fe que, dicho sea de paso, es una cualidad que admiro pero que no poseo.
Si cada uno de nosotros está compuesto por un número finito de átomos ordenados de un determinado modo y la muerte significa que ese orden desaparece y por tanto nosotros mismos tal y como nos conocemos, las matemáticas decían que antes o después, de un modo o de otro, volveríamos aquí porque la probabilidad de que esos átomos volvieran a reunirse, del mismo modo que lo hicieron una vez, existía, era muy remota, pero existía. Esto resolvía la cuestión del más allá, de si había algo mas allá de la vida, tras la muerte. Y si, existía un estado de espera, de estancia en el más acá que era como el más allá y además existía en este mas acá, que es también un más allá. Existía la probabilidad de que existiéramos ya, de que cualquiera que anduviera junto a nosotros en este trasiego pudiera ser nosotros mismos.
Resuelto las cuestiones referidas a la Trascendencia, “Vivirás en nosotros y nosotros en ti eternamente, en el agua que bebemos y en el aire que respiramos”, a la Unidad, que en realidad es tres, se presentó otro que no por menos abstracto era menos importante: ya que estamos aquí, y puede que en varias copias, que estamos por siempre y que existe la probabilidad de que volvamos tal y como nos conocemos y que somos un conjunto ordenado de pequeñas cosas que han sido parte de otros conjuntos también ordenados, quedaba por aclarar el para qué.
También en esto los creyentes habían encontrado solución: estamos aquí para hacer la voluntad del Padre. Esta voluntad está escrita en sus Libros Santos y a través de un conjunto de reglas e historias que pretenden avalarlas, pueden resumirse en “amaos los unos a los otros” y, por tanto, hacer el bien, condúzcanse correctamente de acuerdo a su voluntad.
Un conjunto de normas de comportamiento, de ritos, les recordaban sus obligaciones y con ellas y sus creencias en el más allá parecían vivir con una paz producto de la certidumbre que se sustentaba en una cualidad que yo no poseía: la Fe.

A la par que me preguntaba por el mas allá y antes de encontrar la respuesta pensaba que al no existir ese mas allá, que luego encontré en el mas acá, y por tanto no tener que dar cuenta de nuestros actos qué sentido tenia comportarse con orden y razón. Por puro egoísmo la respuesta era simple: para que no te hagan a ti lo que hagas tú a los demás. Puro egoísmo, pero quién dijo que el egoísmo es malo.

Y en esto nació Tangor: una religión sin dioses.

Tangor es un conjunto de respuestas y normas para todos aquellos que no poseemos la cualidad de la Fe, pero que como aquellos que la tienen buscamos la Paz, pero eso es otra historia para otro día.

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