La revolución Sanders, el socialismo democrático en EE.UU.

La revolución Sanders, el socialismo democrático se abre paso en EE.UU.

El hasta hace poco desconocido senador por Vermont, Bernie Sanders, enseña los dientes. No parece estar dispuesto a ponerle puente de plata a su rival en las primarias demócratas, la onmipresente ex Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton y así lo ha demostrado en los caucus de Iowa -donde no ganó pero rozó el empate- y en la elección de New Hampshire -donde se cumplieron los pronósticos y arrasó sacando una ventaja de 20 puntos sobre Clinton.

Criado en una familia humilde de inmigrantes judíos a la sombra del Holocausto -perdió a varios familiares en los campos de concentración Nazis-, voluntario a principios de los años sesenta en un kibbutz israelí, casado con una mujer no judía y con nietos cristianos, Bernie -su marca también en campaña- prefiere dejar las cuestiones religiosas dentro del ámbito personal a pesar de que, de ser elegido, sería el primer judío en la carrera final a la Casa Blanca.

Sanidad y educación superior universales son las grandes bazas de Sanders para tumbar a una confiada Hillary Clinton que partía como favorita pero va a tener que poner toda la carne en el asador y emplear más fondos y tiempo para ganar a un candidato cuya popularidad ha subido como la espuma en las últimas semanas. Prueba de ello, el vuelco que ha dado en New Hampshire donde hace un año las encuestas lo situaban a 27 puntos por detrás de Clinton y donde finalmente ha logrado alzarse con el apoyo del 60% del electorado.
“¿Por qué aceptamos una situación en la cual cientos de miles de personas cualificadas son incapaces de ir a la universidad porque sus familias no tienen el dinero necesario?”, se pregunta Sanders, para el que la educación debe ser un bien público y no un producto privado.

Pureza política

El discurso del veterano senador de Vermont ha calado sobre todo entre los jóvenes norteamericanos menores de 30 años -llamados “milenio”- que lucen tatuajes con su característica silueta y protagonizan lo que los medios comienzan a llamar la “revolución Sanders”. Cuenta con comités de campaña en más de 220 universidades y su lema, “Feel the Bern” -un juego de palabras con su nombre y el vocablo inglés Burn (quemar) que vendría a decir algo así como “siente el fuego”- se ha convertido en un grito que inunda estos días las redes sociales y los campus universitarios.

Según la periodista de The New Yorker, Alexandra Schwartz, su éxito se debe a su “pureza política… un privilegio de la juventud, cuando la emoción de la teoría aún no ha dado paso a la decepción de la práctica”. Y es precisamente esa “pureza política” la que ha sabido conectar con la población más joven y la que le depara también las mayores críticas que tachan de “irrealizables” muchas de las propuestas de Sanders.
Entre ellas, remunerar la baja de maternidad, reformar el actual sistema penitenciario, combatir el calentamiento global o medidas tan impopulares en algunos estados norteamericanos como apoyar abiertamente un mayor control de las armas. A pesar de las críticas de los sectores más conservadores y de que medios como The Economist publiquen columnas cuestionando cuan socialista es verdaderamente Sanders, su “socialismo democrático” comienza a abrirse paso.

Esa etiqueta, con la que él mismo ha definido su línea política, es precisamente la que más confusión causó en un primer momento. Hablar de socialismo en Estados Unidos puede evocar los tiempos de la Guerra Fría con el bloque soviético por eso Sanders se ha cuidado mucho de remarcar que el socialismo que él representa es un “socialismo democrático”. O lo que para los europeos sería más bien un socialismo a la americana ya que según el guión de su campaña “busca combinar efectivamente el concepto del mercado libre con programas públicos que sean transparentes y garanticen un estándar básico de calidad de vida para todos”.

Las recetas de Sanders

Partiendo de esas premisas, pretende mejorar el Medicare de Obama y universalizar la sanidad aunque, según sus críticos, si lograra alcanzar la presidencia, su programa económico y el burocrático sistema político norteamericano harían muy difícil que pudiera llevarlo a la práctica. Y es ahí donde se han centrado hasta ahora los principales ataques de su rival, en demostrar las lagunas económicas, en política exterior y en materia de seguridad de Sanders; campos en los que Clinton se maneja como pez en el agua.

“No soy muy querido por el poder económico establecido, ni por Wall Street ni por los grandes intereses monetarios, ni siquiera por los grandes grupos mediáticos de este país, incluido el Washington Post” reconocía recientemente en CNN. Una manera elegante pero nada inocente de marcar distancias con Clinton a la que Sanders ha presentado en varias ocasiones como la candidata del sistema. “Clinton tiene a todo el ‘establishment’ detrás de ella. Nosotros tenemos a más de un millón de personas … nuestra campaña es una campaña del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”, ha dicho de su rival el senador de Vermont, frente a los reiterados ataques a su programa económico.

Una parte de la receta fiscal de Sanders sí ha conseguido la atención deseada, se ha mostrado partidario de subir los impuestos a las grandes fortunas, añadir cuatro tramos más en la parte superior del actual baremo de renta e imponer una tasa a la especulación en Wall Street. Medidas calificadas por sus detractores de “populistas” pero que han logrado conectar con el americano medio para el que la actual sanidad es prohibitiva y que sueña para sus hijos con la educación superior gratuita que propone el senador de Vermont.

Próximo objetivo, el voto inmigrante

Con los buenos resultados de Iowa y New Hampshire, Sanders ha logrado ilusionar a una buena parte del electorado demócrata pero los analistas norteamericanos insisten en que se trata de dos estados de mayoría blanca que no son muy representativos a la hora de extrapolar resultados a nivel federal. Será más determinante lo que suceda este mes en estados como Nevada (de mayoría hispana) o Carolina del Sur (de mayoría afroamericana). Los jóvenes están con Sanders pero, ¿y los inmigrantes?.

El candidato que pretende tumbar las aspiraciones de Hillary Clinton a la Casa Blanca también se ha encargado de recordar en campaña que él es hijo de un inmigrante polaco. “Somos una nación de inmigrantes y en eso reside la fuerza de América”, es el centro de su discurso. La reforma migratoria que propone incluye la regularización de 11 millones de indocumentados. “Sacar a los trabajadores indocumentados de la sombra hará más difícil para el empleador recortar los salarios y beneficios de los trabajadores”, defiende Sanders.
Otro de los puntos de su programa aboga por reforzar la frontera pero “sin construir una valla”, como alternativa a la política de repatriación y expulsión defendida por los republicanos. Según Sanders con incrementar las patrullas y controles fronterizos y proporcionar un marco legal que permita a los indocumentados cambiar su estatus bastaría sin necesidad de construir nuevas barreras físicas. Desde la página web de su campaña matizan; “Bernie no apoya una política de fronteras abiertas sino que pretende centrarse en lograr marcar un camino a la ciudadanía para aquellos inmigrantes que ya se encuentran en Estados Unidos”.

Con la mayoría de los estados clave aún sin pronunciarse y un largo camino por recorrer para alcanzar los 2383 delegados necesarios para ser el candidato demócrata a la Casa Blanca, el llamado Supermartes del 1 de marzo parece que, una vez más, será decisivo. Ese día el Partido Demócrata celebra primarias en 11 estados y un territorio -Samoa- y el Partido Republicano en 14 estados. Sus resultados marcarán qué candidatos se quedan definitivamente en la cuneta aunque en el caso de los Demócratas está claro que cualquiera de los elegidos podría hacerse un hueco en la historia: bien por tratarse de la primera mujer en llegar a la presidencia norteamericana o bien por ser el primer judío en alcanzar esa meta.

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