Los Hadza: los últimos de los primeros.

Los Hadza: los últimos de los primeros.

Fuertes, ágiles, marcados por las cicatrices que dejan sus presas, los Hadza son unos de los últimos recolectores-cazadores auténticos del planeta y nuestro “vínculo” más evidente con los dos millones de años de evolución humana.
Esta etnia de Tanzania central vive alrededor del lago Eyasi, en las proximidades de la llanura del Serengeti. Allí, detenidos en el tiempo, sin reglas, ni calendarios, ni rituales, han visto reducirse sus dominios a un ritmo acelerado: en los últimos cien años han perdido el 90 por ciento de su territorio.
Según la Sociedad National Geographic, los orígenes genéticos de esta etnia se remontan a los primeros humanos de la tierra. Así, en los últimos diez mil años, los Hadza han vivido apartados y a expensas del mundo civilizado que va creciendo a sus alrededores y apropiándose de su patrimonio natural.

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Cuando los mesopotamios experimentaron por primera vez con la agricultura, los esclavos construyeron las pirámides de Egipto, el Imperio Romano ascendió y cayó o cuando otros africanos fueron raptados de sus propias tierras para ir a poblar y enriquecer las colonias del nuevo mundo; ya los Hadza estaban allí, tomando lo que les daba la naturaleza y aunque en parte algunos permanecen así todavía, aquel aislamiento duró hasta la primera guerra mundial.
En 1917 llegaron los británicos e intentaron establecer a los Hadza en un área determinada y convertirlos en agricultores. Lo mismo intentó luego el gobierno de la Tanzania independiente, a la vez que varios grupos de misioneros extranjeros. En todos los casos los Hadza aceptaron, aprovecharon toda la comida y provisiones que les brindaban en su pretendido asentamiento y cuando estas se acabaron volvieron a su vida nómada de siempre, sin entender el sentido de explotar los suelos y trabajar la tierra cuando la naturaleza provee por si misma de alimento y abrigo.
Otro motivo para abandonar los asentamientos eran los brotes de enfermedades infecciosas, como el sarampión y la viruela, que en todos los períodos de asentamiento de los Hadza les causaron numerosas bajas.
Desde 1965 se construyeron cuatro poblados para establecer a los Hadza, de los cuales sólo uno se mantiene temporalmente ocupado por grupos de esta etnia, que van y vienen, cada vez más acorralados por otras tribus de agricultores y ganaderos que han ido robándoles su territorio, forzados por los Masái, guerreros que atemorizan a sus vecinos con el abuso de menores, la mutilación femenina y otras prácticas violentas y quienes a su vez han sido desplazados por gobiernos, autoridades locales y corporaciones. El perro africano que se muerde la cola…
La población Hadza cuenta hoy en día con un estimado de 1000 personas, de los cuales 300 mantienen una dieta a base de comida recolectada directamente de la naturaleza: raíces, frutas, nueces, bayas y miel les aportan proteínas, aunque también lo hacen sus presas de caza, como gacelas, kudus y monos, cada vez más escasos en la zona debido a la afluencia de ganado y la deforestación causada por la agricultura.

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Por su forma de vida, esta etnia ha atraído la atención de investigadores y estudiosos, que resaltan los altos niveles de felicidad y ocio que muestran sus integrantes. Al mismo tiempo, destaca también su estructura igualitaria, sin jefes ni jerarquías. Están organizados en bandas o “campamentos” de 20 o 30 personas. Si existe algún conflicto, el agraviado suele mudarse voluntariamente a otro campamento para evitar que el asunto trascienda. Por otra parte, y aunque la distribución del trabajo está dada a partir de líneas genéricas (los hombres cazan y las mujeres recolectan), existe una igualdad entre ambos y sus labores son vistas con la misma importancia.
Los Hadza crían a sus hijos en cooperativa, como parte de la comunidad y aman y cuidan a todos los niños como a los propios. Cuando alcanzan la pubertad se les permite dormir con otros adolescentes en chozas de paja para explorar su sexualidad, que en su vida adulta se suele describir como “monogamia en serie”. No existe el matrimonio ni el divorcio y es normal el cambio de pareja cada cierto tiempo. En este contexto, las mujeres ostentan mayor autonomía sexual que en el resto de tribus de la zona e incluso, que en muchas zonas del mundo “civilizado”.
Mientras las niñas fabrican muñecas de barro, los niños llevan arcos y flechas con los cuales cazan pequeñas aves y animales que traen a su tribu. Los adultos, por su parte, cuando no están cazando o recolectando alimentos, cantan, bailan, cuentan historias, fuman cannabis y hacen el amor. Las plantas son su medicina y se reportan muy pocas enfermedades entre ellos. De hecho, y aunque los Hadza no llevan control alguno sobre el tiempo, se estima que la mayoría vive entre los setenta y ochenta años, pero no lo saben. No tienen noción alguna de conceptos temporales como días, semanas, meses o años. Tampoco cultivan, con lo cual no necesitan guiarse por ningún calendario. Si acaso controlan las estaciones, especialmente por la floración o la migración de los animales.
Antes tenían fácil acceso al agua corriente en manantiales y ríos pero entre la reducción de su territorio, la utilización del agua para la agricultura o su contaminación por la ganadería por parte de otras tribus, así como los nefastos síntomas ya evidentes del cambio climático, los Hadza se han visto forzados a cavar profundos pozos, que muchas veces son arruinados por los Datoga, su tribu vecina.

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Estos y otros conflictos se muestran en el documental “The Hadza: Last of the First” (Los Hadza: los últimos de los primeros), del director Bill Benenson, que recoge el modo de vida de esta ancestral etnia africana y el grave peligro de extinción al que se enfrenta.
El valle de Mangola, antiguo hogar de los Hadza y hoy habitado por cientos de tribus, se ha convertido en una atracción turística cada vez más frecuentada, lo cual, si bien le ha dado una entrada de dinero y valor a los Hadza, también ha introducido en su sociedad vicios como el alcohol y otras cuestiones que se han convertido en verdaderas problemáticas para esta etnia.
Por si no fuera poco, en 2007 el gobierno de Tanzania arrendó toda la cuenca del Eyasi a una familia real de los Emiratos Árabes Unidos, para ser usada como su escenario de safaris privado. Para ello, los Hadza fueron desalojados de la zona y los que se resistieron fueron llevados a prisión. Pero la fuerte cobertura mediática logró que ambas partes renunciaran al acuerdo.
De cualquier forma, la reacción de la comunidad internacional y la imagen negativa que han mostrado los medios no ha sido suficiente para impedir que el gobierno de Tanzania continúe arrendando porciones de tierra a grupos de turistas para la caza comercial. En dichas tierras se prohíbe cazar a los Hadza.
Así, acorralados, reducidos, amenazados, forzados en muchos casos a adoptar un modo de vida “civilizado”, los Hadza denuncian estas amenazas en el documental de Benenson, de 2014. Desde entonces, el director lleva a cabo una campaña en su página web para ayudar a esta comunidad a mantener su territorio y los recursos naturales que necesitan para vivir.
Como declaran varios entrevistados en el documental, si las circunstancias se mantienen como están hoy, los Hadza se acercan a su total extinción y con ellos, su modo de vida y sus costumbres ancestrales.

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